Cada vez más, cuando leo en algún sitio alguna frase que incluya los catalanes me pongo alerta y mi mente entra en modo escéptico.
Por alguna razón, los catalanes como colectivo rara vez somos citados de modo positivo, y cuando uno lee los catalanes, como mucho, puede aspirar a que el texto en cuestión intente entrar en un debate y quedar simplemente en un comentario neutral con intención de llamar a una “reflexión” que siempre queda implícita.
A los catalanes siempre se nos identifica con la lengua, con la política más rancia, con la avaricia y con la exclusión. Y nada más lejos de la realidad.
La comunidad autónoma catalana es la zona de España que más inmigración ha soportado históricamente, y así continua siendo en la actualidad. También somos el territorio que más esfuerzo solidario realizamos para con el resto de autonomías españolas juntamente con Valencia y Madrid, aunque la inclusión aquí de Madrid no me parezca justa por motivos que ya expondré más adelante. Y la política lingüística de Cataluña es la más cohesionadora de todas las políticas posibles en materia lingüística, y hablo de esto con conocimiento de causa.
Yo soy catalán, nacido en Cataluña y con sangre andaluza. Mi padre es sevillano y mi madre cordobesa y llevo viviendo toda mi vida en Cataluña. Mi lengua materna es el castellano, lo hablo con amigos y familiares pero también domino perfectamente el catalán y lo uso en la vida pública con compañeros y amigos catalanoparlantes.
Si no fuera gracias a la política de inmersión lingüística llevada a cabo en los centros escolares catalanes, yo hoy no hablaría catalán. Y probablemente tendría bastantes menos amistades catalanoparlantes. La política catalana de educación elimina guetos y minimiza tanto la xenofobia anticatalana como la antiespañola, al igualarnos a todos los ciudadanos brindándonos las mismas oportunidades de cara a la vida adulta a la vez que se preserva el patrimonio lingüístico catalán que, como toda lengua minoritaria, está continuamente amenazada en un contexto de globalización dominado hasta el día de hoy por el mundo anglosajón.
Martin Varsavsky, en su blog, publica la carta de un cántabro nacido en Barcelona. En ella, se lamenta de haber nacido en Cataluña y critica la actitud de algún camarero cuando viene a pasar unos días a Barcelona.
Pues yo no sé qué camareros le servirán al señor cántabro. Pero le puedo asegurar que cuando yo me paseo por Barcelona rara vez me atiende un camarero catalán, y cada vez menos camareros del resto de España. Son con frecuencia personas venidas de países latinoamericanos, de Marruecos o incluso de Asia y Oriente próximo. Personas que viven y trabajan en Cataluña y han venido para que sus hijos crezcan o nazcan en Cataluña con la esperanza de tener una vida menos difícil que en su lugar de origen. Seguramente les hubiera gustado poder vivir mejor en su país, pero aquí están.
Este texto no tiene intención de ser ninguna crítica al señor Varsavsky, al que sigo en su blog e intuyo lo que piensa sobre la realidad española y los catalanes en particular, y no sería la primera vez que habla en favor de lo catalán o con una actitud asertiva y conciliadora. Esto es más bien un intento de captar la atención de todos los señores cántabros que andan por España, que se sienten ofendidos por la identidad de otros españoles.
Al señor cántabro le parece bien que aquí hablemos catalán. ¡Gracias por darnos su visto bueno! En cambio le parece una falta de educación que se le dirijan a él en catalán. Si alguien se lo encuentra por la calle, ¡háblele cristiano, hombre! Es que el señor es demasiado importante como para tener que oír lenguas vernáculas…
Hay que entender la realidad de cada uno. Esa persona que vive en Cataluña, hija de catalanes y que piensa y razona en catalán y está acostumbrada a mantener contacto en su día a día con gente castellanoparlante que entiende el catalán, le contesta al señor cántabro en catalán de manera inconsciente. Y supongo que el señor cántabro no lleva escrito en la frente “No soy catalán, hábleme en castellano o si no me ofenderé”.
A nadie le molestaría que un inglés le contestara en inglés y que un francés le contestara en francés, en cambio si que molesta que un catalán nos conteste en catalán. Algunos se empeñan en hacer que ser catalán sea una condena de por vida. No estamos en igualdad de condiciones. Y la actitud victimista que algunos no paran de achacar a la población catalana viene inducida por esta desigualdad de condiciones entre los catalanes y los españoles no catalanes. ¿Por qué no se nos exige a todos por igual? ¿Por qué un catalán tiene que renunciar a su lengua (a su identidad) y un no catalán no tiene que hacerlo? Y no vale la excusa de que el español lo entendemos todos, porque no es una cuestión de entendimiento entre iguales, la cuestión es que unos se sienten con derecho a imponer su identidad sobre la otra.
No es la primera vez que lo digo. Yo me siento Español y me siento Catalán. Pero no me siento Castellano. Y el problema está en que la idea de España no será de todos mientras siga siendo castellana.
¿Qué problema tendría usted, señor cántabro, en aceptar una España plural y en la que todos nos sintamos cómodos: una España no castellana? Le aseguro que, en los tiempos que corren, la mayoría de catalanes solo pedimos respeto.
Por cierto, lamento que haya nacido en Barcelona en contra de su voluntad.